Para ser alguien al que no le trasnocha el poder, el señor presidente de la República se ve notablemente ojeroso. Y no es cosa de las últimas horas. Ni de días. Tampoco semanas. Pero sí de muchos meses. Tal vez desde que ideó el despiadado ataque al sistema electoral colombiano (la misma estructura, como se ha repetido hasta el cansancio, que lo llevó al Palacio de Nariño y le dio una importante representación en el Congreso). Como es su estilo desde siempre, ve turbiedad en las aguas claras.

